LA CASA DE LOS CONEJOS LAURA ALCOBA DESCARGAR PDF

Hoy es 1 de mayo. La infaltable computadora de escritorio. A la que siempre volvemos cuando la notebook nos deja a pata y El personaje de las citas. La Juli, la Noris, el Guille y el Gonza.

Author:Gat Faejin
Country:Algeria
Language:English (Spanish)
Genre:Technology
Published (Last):1 June 2009
Pages:278
PDF File Size:1.65 Mb
ePub File Size:5.48 Mb
ISBN:986-2-58380-570-9
Downloads:53846
Price:Free* [*Free Regsitration Required]
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This document was uploaded by user and they confirmed that they have the permission to share it. If you are author or own the copyright of this book, please report to us by using this DMCA report form. Report DMCA. Home current Explore. Words: 23, Pages: Preview Full text. Y me abrumaba la sola perspectiva de tener que explicar.

Eso pensaba yo, exactamente. De pronto, ya no quise esperar a estar tan sola, ni a ser tan vieja. Como si no me quedara tiempo. Voy a evocar al fin toda aquella locura argentina, todos aquellos seres arrebatados por la violencia.

Esto es lo que he tardado tanto en comprender, Diana. Sin duda por eso he demorado tanto. De cuando en cuando, una vaca. Referirme a una casa de tejas rojas era, apenas, una manera de hablar. Padres que vuelven del trabajo a cenar, al caer la tarde. O en todo caso sin botas, pero con un gran tapado azul de cuello redondo. O gris. O un gato. Yo escucho en silencio. El micro para justo en la puerta de los abuelos.

Y ya veremos la manera de pasarte a buscar a la tardecita o a la noche. Las manos gruesas del chofer aferran un manubrio forrado en tela de alfombra de color verde y naranja. Ni a los hombres que pueden venir y hacer preguntas, ni siquiera a los abuelos. No por el momento, al menos.

Pero mi caso, claro, es totalmente diferente. Yo he comprendido y voy a 3 obedecer. No voy a decir nada. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. Ni aunque me claven clavitos en las rodillas. Desde siempre ha defendido a contrabandistas, estafadores, ladrones de todo tipo.

No quieren poner el mundo patas arriba. Solamente hacer malabares con las cosas como son. Lo que da miedo a mi abuelo son aquellas personas que quieren cambiar todo. Apenas sabe escribir. Pasa a recoger las listas de asistencia por las aulas y, durante el recreo, ceba mate a las maestras.

En seguida salimos hacia nuestra casa de tejas rojas. Antes de atravesar una calle, hay que tocar bien fuerte la bocina para prevenir a los autos que puedan salimos al cruce. Desde que subimos al auto, no hablamos ya sino de manera entrecortada, tratando de que los estridentes bocinazos no rompan el hilo de nuestras frases. El choque fue muy violento, y mi cabeza la primera en lanzarse contra el parabrisas. El autito empieza a toser. Ahora se para, pero mi padre logra hacerlo arrancar. Se para, nuevamente.

Nos divierte obligarla a correr de esa manera. Una vez en casa de mi abuelo, tomamos la leche mientras escuchamos siempre el mismo cassette de Julio Sosa. A menos que alguien la haya relevado.

Hay tanta gente en la Plaza Moreno, frente a la casa de mi abuela. Lo mismo da: nosotros continuamos alertas. Nos detenemos varias veces por el camino, para ver si alguien nos sigue. Me adelanto encadenando tres saltitos, luego entrechoco las palmas y me doy vuelta de pronto, saltando con los pies juntos. Hoy, las cosas no son como habitualmente.

Esta noche no iremos a casa de Carlitos. Un gran patio empedrado. Mi padre estaba todo vestido de azul, como los otros, y con el pelo cortado casi al rape. Por el momento al menos. No hablamos de mi madre, ni del altillo secreto, ni de nada de todo eso.

Tratamos de hablar de otras cosas, y de otros. Todos, cada uno a su turno, hemos dicho que todo estaba bien. Mi abuelo me propone dar una vuelta, pero yo no tengo ganas. Me gusta sobre todo el momento en que el contorno de las cosas se desdibuja y parecen perder volumen. Pero ese encuadre tan particular se desajusta en seguida, a veces tan pronto como se lo alcanza. Hoy, incluso, las formas de las cosas se me resisten.

Mi abuelo incluido. Yo abandono por el momento la partida. Mi abuelo se incorpora. Mi madre seguramente acaba de llegar. Mi madre ya no se parece a mi madre. Es una mujer joven y delgada, de pelo corto y rojo, de un rojo muy vivo que yo no he visto nunca en ninguna cabeza.

Tengo un impulso de retroceder cuando ella se inclina para abrazarme. Es por este color de pelo Mi abuelo y mi madre intercambian apenas unas cuantas palabras.

Creo entender que ella trata de tranquilizarlo. Mi abuelo se va y nosotras salimos en sentido contrario, lejos de la calesita y de la plaza llena de sol. Mi madre me lleva aferrada de la mano. Mi madre de pelo rojo avanza a paso firme, sin decirme palabra. Llegamos a un sector de la ciudad que no conozco, de casas bajas y calles desiertas. Ya es de noche. Una mujer que nunca he visto nos abre la puerta y la cierra en seguida y nos hace pasar a la casa, en silencio.

Las paredes blancas, enteramente desnudas. Los postigos cerrados. Iba deslizando entre sus dedos, una a una las cuentas, repitiendo oraciones de las que uno no escuchaba sino palabras aisladas, pero encadenadas incesantemente.

Mi madre y esta mujer se vuelven a mirarme y me hablan de los primeros cristianos. Al menos, creo haberlo entendido. A eso se le llama la Esperanza o la Fe.

Nosotras, esta noche, invocaremos a Dios sin necesidad de un sacerdote. Y sin saber siquiera que lo precisaba. La amiga de mi madre reza en una voz apenas audible, al tiempo que derrama agua sobre mi cabeza. La espera me resulta larga, interminable. No me atrevo a hacer un solo movimiento. Yo siento una paz extraordinaria. Tiene el pelo largo, claro y ondulado, y grandes ojos verdes, extremadamente luminosos y dulces.

Yo siento de inmediato que su sonrisa me hace bien. Yo juego un poco con ellos, juegos a los que no estoy nada habituada. No hablamos del miedo, tampoco.

De pronto, el hermanito menor nos interrumpe con un estridente bocinazo. Nos ubicamos en el asiento trasero. Otro hombre joven y muy hermoso se instala adelante, al lado del conductor. Doblamos en una esquina, a la derecha, luego, inmediatamente, en otra.

Mi madre no responde.

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