CUENTOS ORIENTALES MARGUERITE YOURCENAR PDF

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Author:Turan Meztira
Country:Uganda
Language:English (Spanish)
Genre:Spiritual
Published (Last):20 June 2009
Pages:459
PDF File Size:8.48 Mb
ePub File Size:10.32 Mb
ISBN:445-3-66816-301-4
Downloads:34907
Price:Free* [*Free Regsitration Required]
Uploader:Akisida



This document was uploaded by user and they confirmed that they have the permission to share it. If you are author or own the copyright of this book, please report to us by using this DMCA report form. Report DMCA. Home current Explore. Home Yourcenar, Marguerite - Cuentos Orientales. Words: 27, Pages: Preview Full text. La sonrisa de Marko La leche de la muerte La viuda Afrodisia Kali decapitada La muerte de Marko Kralievitch La tristeza de Cornelius Berg El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y aquella noche, Wang hablaba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadurnarla.

Entraron los soldados provistos de faroles. Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Dos guardias lo apresaron. Matad a ese perro. Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro.

No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmovilizados por la etiqueta, se alzaban sobre la punta de los pies. Era Ling, en efecto. Esos desventurados van a perecer, si no lo han hecho ya. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto. Las bocas de Cattaro, como dicen Marko hechizaba a las olas; nadaba tan bien como Ulises, su antiguo vecino de Itaca.

Ha muerto como un topo podrido, como un perro reventado. Los verdugos cogieron unos clavos y un martillo del banco del carpintero, que calafateaba las barcas, y agujerearon las manos del joven servio, y atravesaron sus pies de parte a parte. Pero mandad que acudan las muchachas del pueblo, y ordenadles que bailen en corro sobre la arena. No llegaba brisa alguna del mar. Necesito un whisky y una historia cuando estoy delante del mar Pero el tiempo, las guerras y los aldeanos de la vecindad, preocupados por consolidar los muros de sus granjas, la han derribado piedra a piedra, y su recuerdo no se mantiene en pie, sino en los cuentos Mi madre es hermosa, delgada, va muy bien maquillada y sus carnes son tan prietas y duras como el cristal de un escaparate.

Cuando salimos juntos se creen que yo soy su hermano mayor. Le pasa a usted como a todos nosotros. Isolda por amante, y por hermana a la hermosa Alda Eranse tres hermanos que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran vigilar a los bandidos turcos. El muro le llegaba ya al pecho. Hay madres y madres. Pese a ser hora temprana, algunas mujeres pegaban el rostro contra los listones de las persianas. Y en efecto, estaba calada hasta los huesos. Ambos se pusieron en cuclillas delante del fuego, que estaba casi apagado.

Los insectos pululaban en el aire infectado, y cada vez que se respiraba era como si se bebiera un sorbo de agua en una fuente envenenada. Genghi le dio las gracias con una sonrisa. No me quejo de una suerte que comparto con las flores, con los insectos y con los astros. No me quejo de que las cosas, los seres, los corazones sean perecederos, puesto que parte de su belleza se compone de esta desventura.

Ay, recuerda Acaso no sepa usted que nuestra isla se halla poblada de presencias misteriosas. Las Nereidas de nuestros campos son inocentes y malvadas como la naturaleza misma, que tan pronto protege al hombre como lo destruye. Pero nuestro pueblo cree en ellas y en sus poderes; existen igual que la tierra, el agua y el peligroso sol. Los que tuvieron el atrevimiento de acercarse a ellas se quedan mudos para toda la vida, pues no deben revelarse al vulgo los secretos del amor. Es estupendo Todo el cabello rubio Mas yo envidio a Panegyotis.

Pululaban por todas partes y eran hijas de aquella tierra seca y dura donde, lo que en otros lugares se dispersa en forma de vaho, adquiere en seguida figura y sustancia reales.

A las primeras luces del alba empezaron a construir una capillita adosada a la ladera de la colina, delante de la entrada de la gruta maldita.

No exaltes, como hacen los paganos, la criatura a expensas del Creador, pero no te escandalices tampoco de Su Obra. Me gustan las grutas, y compadezco a los que en ellas buscan refugio. Y escucha Las golondrinas, libres, volaron en el cielo de la tarde, dibujando con el pico y las alas signos indescifrables. El sendero desembocaba, por fin, en una explanada blanca y redonda. Kali decapitada Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India. Kali, la negra, es horrible y bella.

Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. Fue decapitada por el rayo. Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron.

Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa. Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel.

Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Quiero y no quiero; sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.

Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos. La muerte de Marko Kralievitch Las campanas tocaban a muerto en el cielo casi insoportablemente azul. El anciano Stevan, que remataba delicadamente, a golpecitos secos, el cuello de una jarra, vio que alguien apartaba la cortina que tapaba la entrada.

En la ciudad es sabido que distribuye los restos de la comida a quien los quiera, y los restos de los restos van a parar a los perros. En fin, que estaba igual que siempre. No recuerdo tu nombre. No tiene importancia. Tal vez sea porque no te pareces a nadie. No me gustan los desconocidos, ni los mendigos que no piden limosna. Tu cara no me agrada.

Y le puso la zancadilla para hacerlo caer, pero se hubiera dicho que el viejecillo era de piedra. La verdad es que era muy bajito: ni siquiera le llegaba al hombro a Marko. Pero se iba quedando sin aliento. Puede decirse que el asunto estaba resuelto Siempre es demasiado pronto o demasiado tarde, y no sirve de nada. Afuera, como sabes, el camino se estira, muy recto entre dos colinas, tan pronto subiendo como bajando para luego subir otra vez.

El viejo ya estaba lejos. Iba muy deprisa para ser tan viejo. Lleno de despecho, se negaba entonces a entregar su obra y lo estropeaba todo con excesivos retoques o raspados, acabando por abandonar su trabajo. Una luz amarillenta inundaba la estancia; la lluvia lavaba humildemente los cristales; la humedad se colaba por todas partes.

Nadie hubiera podido indicar con palabras la diversidad infinita de blancos, azules, rosas y malvas. Cornelius Berg miraba altemativamente la flor y el canal. Yourcenar, Marguerite - Cuentos Orientales.

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